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Mi muerte me pertenece
Comunicación
05/02/2007
A diario, en cualquier rincón del mundo, hay miles de historias dignas de ser contadas. Historias de esfuerzo y supervivencia que hablan del coraje y del tesón de personas normales, anónimas, cuando todo está en contra. Hacemos como que no nos enteramos, apoltronados como estamos en nuestro sofá occidental, pero se suceden una tras otra afanosamente, como sus desconocidos protagonistas.
Itziar Elizondo. e-leusis.net
La historia de la que quiero hablar es una historia del primer mundo y, por tanto, con el privilegio añadido de haber podido ser dada a conocer. Pero ése es su único privilegio porque lucha contra prejuicios y atavismos. Una francesa de 69 años llamada Madeleine, dice: “Mi muerte es mía, me pertenece”. Y frente a esa verdad primaria una confabulación premoderna insiste en disponer de las vidas, de sus trayectos y desembocaduras por encima de la libertad y la voluntad de los individuos.
Resulta del todo incomprensible que en un estado aconfesional no esté reconocido el derecho a decidir sobre la propia muerte. Acompañada por dos voluntarios de una organización, Madeleine ha decidido suicidarse con un cóctel de medicamentos infiltrados en un helado. Y lo hace de este modo porque su enfermedad degenerativa le impediría hacerlo por sus propios medios en un futuro no muy lejano, en cuyo caso estaríamos hablando de eutanasia, ascenderíamos en el escalafón de los tabúes y todo sería, en definitiva, mucho más complicado. "Ayer lloré mucho, yo creo que porque me acordé de todas las cosas buenas de mi vida. Siempre he estado en desacuerdo con todo", dice poco antes de morir. Su muerte es tan bella como su vida porque ha podido elegir, porque es consecuente con los principios que la guiaron. Seguro que descansa en paz.
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